El diamante más grande del universo, una joya cósmica a la vuelta de la esquina

En el 2004, un equipo de científicos de Harvard anunció el descubrimiento de lo que calificaron como el diamante más grande del universo. Un hallazgo que tenía todo lo necesario para dejar boquiabierto al más desinteresado lector.

Este diamante no es una piedrecilla de esas que se llevan en coronas y tiaras, y siendo completamente serios, ni una grúa bastaría para moverlo.

Y es que para empezar ni siquiera es una piedra preciosa.

Enanas blancas, cristalización y diamantes galácticos

Todas las joyas tienen particularidades muy curiosas, «nacen» en circunstancias muy raras, resisten con relativa facilidad el paso del tiempo y el desgaste y brillan de una forma que convence a los seres humanos de que tenemos que tenerlas, así haya que tomarlas a misilazos.

Pero más allá de su potencial decorativo, y su capacidad para enloquecernos, no son gran cosa. Por eso ya he dicho antes que si tuviera que elegir una piedra preciosa, me decantaría por el zircón, el cristal más antiguo del mundo.

Y es que en una civilización que innova y crece, que desafía los límites con tecnología y astucia, valorar tanto un pedazo de piedra decorativa resulta un tanto incongruente.

Esto es precisamente lo que hace especial al zircón, y lo que hace que el diamante más grande del universo sea mucho más que un ornamento en el espacio.

La portentosa «joya» llamada Lucy, para los amigos, y BPM 37093 para la gente de ciencia, está ubicada a unos escasos 54 años luz de nuestro vecindario galáctico, y su descubrimiento reveló importantes detalles sobre la vida de las estrellas.

La gran revelación, en principio, es que el diamante más grande del universo es en realidad una enana blanca cristalizada.

Pero, ¿cómo se transforma una estrella en una esfera de cristal super fuerte? Aunque parezca descabellado, los científicos ya habían estudiado las condiciones en las que esto podría ocurría en una particular teoría.

La Teoría de la cristalización de las enanas blancas

Las enanas blancas no son tan raras como podría parecer a simple vista. Se estima que más del 97% de las estrellas del universo acabarán convertidas en una. Esto es porque las enanas blancas no son un tipo especial de estrella, sino una etapa.

enana blanca

Cuando escasea su combutible interno, toda estrella que no tenga más de 10 masas solares empieza a perder potencia y enfriarse. de un período más volátil, caliente y brillante, pasa a uno más tenue y débil.

De forma lenta pero segura, la estrella sin recursos que fusionar se va comprimiendo y enfriando, lo único que la separa de un colapso definitivo es el principio de exclusión entre electrones.

En 1960, se teorizó que las enanas blancas, formadas esencialmente de plasma (como todas las estrellas), en étapas críticas de su enfriamiento comenzarían a cristalizarse.

La pérdida de temperatura es crucial en esto, pues afecta la forma en que los iones de la enana blanca se organizan; que pasarían a tenderse como una red de cristal.

El proceso de cristalización inicia en el mismísimo corazón de la estrella, que se endurecerá hasta convertirse en un diamante a escala galáctica.

Hasta entonces todo esto no había sido más que una teoría, en el 2004, el hallazgo del equipo de científicos de Harvard, liderado por Travis Matcalfe, demostró que realmente ocurría al encontrar la enana blanca BPM 37093, que tenía al menos el 90% de su masa completamente cristalizada.

¿Cómo es el diamante más grande del universo?

De acuerdo a los detalles que ofreció el equipo de investigadores, tiene un diámetro de más de 4023 kilómetros, y un peso de millones de trillones de kilos (sí, son muchos ceros).

Es el diamante más grande del universo, al menos hasta ahora. Ni todos los multimillonarios del mundo, con sus fortunas reunidas, podrían comprarlo.

Pero en el caso de esta mole cósmica, no es su hipotético e inconmesurable valor en nuestros mercados lo que más interesa. Sino los fragmentos de una historia que todavía estamos descubriendo, una historia que también está relacionada con la nuestra, después de todo, ¿qué sería de nosotros sin nuestras estrellas?

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